28.11.11

Usurpación

Emerson tira la bola y emerge de sus manos un centauro. Él sabe que nadie le va creer. En ese lugar todo es sombra y nadie hace ningún intento por detenerlo.
De repente recibe una llamada, al colgar no recuerda quién ha sido. Percibe que el sentido de la especie es la preservación, no obstante sigue tirando la bola una y otra vez.
La bola gira en imponentes latitudes, cae con profundidad hasta el vaho del responso y se unifica mil veces para regresar a sus manos otra vez. Recibe otra llamada y al escucharla reconoce la voz pero al terminar de hablar nuevamente la olvida. Quiere recordar de quién son las llamadas y las cartas. Cierra las ventanas porque supone que lo observan desde fuera pero no está seguro. Sabe de la existencia del otro pero no descifra como detenerlo. Se impulsa nuevamente a lanzar la bola más arriba y crece de sus manos otro centauro.
La lluvia golpea las ventanas y una voz finita se escucha entre las escaleras del piso de abajo, muy tenue,  vuelve a sonar el teléfono.  Obsesionado por detener las llamadas, busca la insignia que emerge del centauro cada vez que tira la bola. Las voces se escuchan cada vez más cercanas y filudas. Mira los paquetes apiñados cerca al televisor y decide abrirlos.
Suena el teléfono, lanza la bola, gritan las voces e irrumpe la policía en la casa. Emerson levanta los ojos se mira al espejo y sólo ve al centauro.




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4.9.11

Osmosis

Hoy les dejo una entrada distinta, interior. Y una música  al final de la entrada que espero lean y escuchen a la vez.

“Si algo me dolió…, fue que borraras mis caricias de tu pelo naranja.…
recuerdo que en una época tu pelo fue azul, y parecías de juguete...
Y a mí me gustaba jugar a vestirte y desvestirte, y mordisquearte… Al borrar mis caricias de tu pelo naranja,
fue como si borrases el tacto de tu pelo naranja de la aureola de mis dedos. Y ahora sólo son dedos vacíos,
como agujeros negros que han engullido tu tacto, y ya no lo recuerdan. Mis dedos hacen memoria en otros cabellos,
en otras pieles… algo me dice que no tienen aquella caída tan especial de las tuyas…”
Vera Eikon



A Luna, mi hija








No eran los blues que escuchábamos palmotear en el cuarto de Hoboken al amanecer ni los cantitos de los negros al subir al subway. Era la corriente fría que dejaba el invierno metiéndose entre los huesos. Poco a poco resbalándose armoniosamente entre nuestras partes, reduciéndonos a uno. Y en un ovillo latía el desarraigo, la lejanía y la crudeza del invierno.

Obsesivamente arreglaba cada pedazo del lugar y fútilmente revisaba cada pedazo de noche de tu cuerpo, que quedaba entre tus sábanas rojas ya ajadas por una vieja lavadora que giraba durante doce horas intermitentes. Al amanecer revisábamos libros de poemas y viejas películas japonesas que descubrían parte de nuestros antojos más oscuros y reíamos tratando de descubrir quién era el asesino.

El insomnio partía la noche y mi mente creaba historias con espacios de tiempo mientras escuchabas un blues tomando una cerveza. Las migajas del cuerpo se partían entre tus dedos, pero sometidas al antojo se cubrían de aromas entre las sombras espalda con espalda en una breve cama que soportaba la noche. Mientras la luz atada a la esquina se caía intempestivamente a cada momento.

La nieve tocaba nuestros oídos muy tarde entre la bruma y nuestra soledad partida entre sueños. Y juntos empujábamos un carrito para hacer las compras. Recuerdo el día de la inundación que tuvimos que girar para dar la vuelta y acabamos tomando un tren de vuelta sin retorno. Las huellas han quedado disueltas en el aire al llegar el verano y se enfrían ahora por la lejanía. Y las cartas vienen y van esperanzadas pero partidas, casi vacías. Amabas la ondulación de mi cabello y mi canto en tu oído. Sin embargo, fluctuaste el sistema planetario, interrumpiendo la cadencia extraordinaria del sonido que siempre nos acompañaba. Ahora está vacío el aire y los blues ya no golpean nuestras ventanas.

Tus manos tienen memoria, las mismas que ondularon las formas abultadas de mis pechos y desarmaron el engranaje que fusionaba nuestros espíritus. Luna brotó asombrosa ante mis ojos, palpitando en mi cuerpo, cantando los blues de nuestra locura. Nació frente al escarnio y la soledad. Su cuerpo tenía memoria, se movía al compás del blues de tu espíritu junto a mi locura.

Ahora giro y doy la vuelta, al revés. Leo tus cartas de enero dónde pedías que no te olvide porque un gran desasosiego inundaba tu vida. Ahora que sigo girando veo sólo humo que vuela y quema las paredes. Ahora sólo quedan dedos vacíos como agujeros negros que revientan en nuestros cuerpos.  Y la luna mirándonos destaja nuestra memoria pedazo a pedazo.

Estoy cansada de buscar a Luna entre mi cuerpo y recordar que no está. Sólo queda los blues de esas noches de Hoboken arrastrándose entre nuestros sueños, tan únicos. Donde Luna espera que algún día regresemos a recorrer como el último día que recogí tus últimas cosas. Ella estaba mirándome y creo que sonreía.






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30.8.11

TOMA 45

Podría correr a tus brazos y decirte te amo, pero debes entenderme es tarde para nosotras. CORTEN. Se graba. El director mira alrededor y reclama “alguien puede traer otro cenicero por el amor de Dios, no ven que está repleto de colillas”. Mientras siento el aroma de sudores que atufan el ambiente, escucho “la  pongo de lado o sólo la dejo caer entre mis brazos?”  Toma 42.  Para siempre estaremos juntas, ahora si nunca te dejaré. Toma 43. QUEDA. Se graba. “Quién escribió semejante guión, hay que necesitar dinero para hablar tanta porquería junta” alude ella y lanza su cigarrillo lejos. Y yo estoy allí recogiendo los puchos del suelo, invisible.

Ella se incorpora da un suspiro y bostezando repite “mañana otra vez a lo mismo”. Al salir de la covacha, cruza el callejón y aspira el aire fresco de la noche; combinado con los orines de la esquina de la cuadra. Mira para ambos lados como si estuviera vigilada, saca un cigarrillo y tatarea una musiquita de esas viejas, mientras sus tacos resuenan entre la baldosa y el agua sucia de la calle. Mientras la veo alejarse hasta mañana.
No lo niegues, eres igualita a mí, casi somos la misma, únicas en este mundo imperfecto. CORTA. “Ponte de lado y mirándote al espejo, imagina que no están las cámaras” le grita el director. Otra vez. AHORA. Mírame somos idénticas. Toma 44. QUEDA. “Terminé por hoy Don Celso, o hacemos otra toma más” pregunta ella. El director mira su imitación Rolex y bostezando les dice “Creo que por hoy es suficiente pueden vestirse las dos”. Entonces ella, al igual que todos los días, sale del cuarto para cambiarse. Al salir de la pieza se tropieza conmigo y entra a los vestidores. Alguien le pregunta “¿y qué te parece?”. Ella levanta sus hombros y sin siquiera mirar responde “nada, siempre lo mismo…” Sale por la calle que cruza la avenida principal, aspira lo mismos orines antiguos ahora mezclados con la nafta entre las calles. Sabe que el trasluz de los faros, no favorecen su perfil, mil veces bendecido por las cámaras de Don Celso. Busca su reflejo al correr entre vidrieras y aguas destiladas. Al llegar, por fin abre su puerta.
Al salir de la ducha, se estira a lo largo de la cama. Cierra los ojos y siente un soplo en su oreja No lo niegues eres igualita a mí, podría correr a tus brazos y decirte que te amo, dime acaso no somos idénticas. Una gota de sudor frío resbala por su rostro, girando lentamente al lado izquierdo. La voz sigue susurrando en su oído, sus lágrimas se mezclan con la sangre tibia que se desliza por su pecho. Ella susurra moribunda “siempre fuiste tú”. Al mirarla le recordé que no se había mirado al espejo, pero ella ya no me escuchaba. Para siempre estaremos juntas, ahora si nunca te dejaré. Limpié su cenicero casi por costumbre y giré su rostro frente al espejo. QUEDA. Se graba.






Gracias por sus comentarios y mails. He estado resfriada por eso recién cuelgo una entrada,
pronto me pondré al día con todos, un abrazo grande.




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19.8.11

Origen


Ábrete cuerpo, deslízate suave ante lo eterno. No te detengas. Estigma la curvatura que emerge desde la punta de tus pies hasta la raíz de tus cabellos.

Coge segmentos oscuros de la memoria, de esas manos que amaron cada partícula y siniestro de tu espíritu. Es allí donde está lo auténtico, lo perplejo de amurallar mi cuerpo en este espacio reducido. Pide el nombre abortado en el desorden de las plaqués que brillan desde lejos con vísceras, corazón, hígado y vejiga. Muéstrales la gravidez de tus ondas ya marchitas y conduce la figura ante el destello.
Está todo tan ordenado, allí donde mi pupila arrastro mi ansiedad, allí donde me cubrí y descubriste mi origen. Con valor intenso, le pusiste precio, aparcando mi aliento en la desidia del olvido. El cuerpo  no posterga el sabor amargo de tu aliento ni a los fariseos.  Surca la inmensidad del viento y crea mi espectro ya borrado en el sentido.
Todo está consumado y no hay más que decir. No me dejes abandonada en esta vasija de plástico.



“perezca el día de mi origen
concebido como niño roto antes de nacer"
Mixha Zizek




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12.8.11

El reflejo del Otro

Para Víctor, mi padre,  aunque no sepas quien soy, yo sé quién eres tú
La realidad es un personaje siniestro disfrazado de ficción. Quién puede contar los enigmas que hay dentro y desdoblarlos, volviéndolos armar cientos de veces.  Calibrando el sistema en funciones sistemáticas donde el silencio quede vano, solo, mudo perdido al fondo del cuerpo.
En Lima las vidrieras son sinestésicas y rutilantes podemos ver nuestra imagen cerrarse entre los elevadores y crujir dentro de un baúl. Nos vemos entre la marea cabalgando entre un mar de gente, rutilantes, apacibles, perdidos entre miles de cuerpos extraviados como moscas dando tumbos, una amalgama viviente de sombras.
Podemos recrear el edema de sin sentido entre la recogedora de basura y la vecina que atesora bacinicas, fierros, latas, vidrios, y un sinfín de desperdicios como si fueran los últimos tesoros del inca. Ver los territorios que vagan entre las multitudes acogidas ante el desencanto de la muerte. Que las espera, ellas esquivas, no la escuchan porque están escondidas bajo el templo del olvido.

Víctor se pone de verde y piensa que puede sumergir olas entre las paredes. Contagiar cantos y robar sermones en una caja de cartón. Se viste una y otra vez ante el hartazgo de sus mañanas ya aburridas ante la quimera. Resistirse es inevitable, lo hace cientos de veces desde que se levanta. Se mira al espejo y ve al trasluz el reflejo de su cuerpo enmudecido por los años de fatiga. Acondiciona al tiempo e inevitablemente corta la raíz de su memoria. Donde se perdió el cielo antes de llegar al infierno. Mira la ventana y traspasa el miedo, volando entre jirafas amarillas a través del viento. Sonríe y conversa con el otro, tú que estás escuchándole y no comprendes su lenguaje.

Lima se pierde en su cuerpo, robándole el tiempo. Rutilante gesticula palabras incomprensibles. Tú ves al hombre haciendo girones en el aire, palpando las paredes, hablando con una suerte de fantasmas y te preguntas qué hay en su mente. Y te pierdes en la oscuridad del Otro desde tu mirada, pero en la suya los relámpagos serpentean sus recuerdos y brillan dentro con su propia luz interior.



Después de muchos problemas pude entrar a blogger,  no me autorizaba a entrar a escribir. Por fin pude entrar. Gracias por la comprensión. Casi 2 días no pude, a veces me permitía y otras no.




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6.8.11

Fantoche


Giró y dió la vuelta en un sólo movimiento. Y susurrando le hablaron al oído  girandole su cabeza.. Volteó el torso, oscilante, se estiró y se alargó tantas veces que parecía que estuviese en el aire. Las risas alrededor siempre eran fuertes y estridentes.  Para terminar en una arista cerca a la ventana en posición frente al mar.
Decidió cambiar de posición. Era necesario claudicar ante la monotonía y  romper el vestigio marcado de diario pararse, hablar, levantarse y reírse cuando no pensaba ni quería hacerlo.  Resolvió presentarse a sí mismo frente a su público sin nadie que lo controlara.  
Por eso, esa noche se cambió la corbata, abrió el cajón que tenía debajo la cama y lo dejó allí para siempre. Salió al escenario ante las miradas turbadas del público y se presentó a sí mismo. Pestañeó repetidas veces y girando su cabeza con rapidez de noventa grados hizo un par de gestos. Era su momento,  ahora le tocaba al hombre dormir.




Después de leer la entrada del blog de Javier, me vino este relato a la cabeza,
http://janpath-broadway.blogspot.com/2011/07/jose-luis-moreno.html






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26.7.11

Episodio


Desde el ojo de la cerradura vio impasible como le despedazaban la piel con violencia. Corrió hacia la ventana y trató de escapar pero notó que estaban herméticas soldadas por fuera.  Buscó un lugar donde apretujarse y quedarse hasta que se fueran. No había línea y parecía como si estuviera en una estación remota. Intentó fundirse entre las columnas que daban a la puerta, pero temía ser hallado por alguien. La rompieron una y otra vez y él no podía hacer nada para detenerlos. Quería escapar, llegar al centro, pero fue imposible. Ella dejó de existir. Ahora estaba solo.


Cortó su cuerpo atado a las barras del ventanal, cercenó cada parte de su imagen, para que no lo hallaran detrás de la puerta. A lo lejos, vio una patrulla y los llamó a gritos. Pero ellos siguieron su ruta. Y las cosas se estiraban mientras él se quedaba aprisionado entre las hojas del libro sin poder nunca más salir.
*Les dejo este microrelato que es parte de un grupo que se está formando de la misma temática.







Gracias porque siempre comparten conmigo.




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19.7.11

Intrusión

Que los dioses emerjan del cincel que ordena la piedra y recurran al sacrificio, podría ser una frase enigmática, al final sólo es el encargo de una tribu. Y los dioses sólo reflejan el karma, ya establecido en el cosmos y organizan esa energía invisible que emana en el tiempo, debido al comportamiento de la personas. Podría ser una concatenación de ideas, la sucesión de hechos encadenados uno tras otro, que dependen de un surco estigmático que deniega nuestras circunstancias abyectas o inimaginables a la orden de una mínima especificidad.
El aire sacudió las cortinas y las elevó de tal manera que semejaba un dosel. A la sombra toda forma es un ente. Ella escuchó su nombre y al voltear sonó un ruido chirriante que le cruzó el occipital y terminó atravesando la pared a una velocidad que se mezcló entre danzas y festines que a lo lejos daban los jíbaros* que ella tanto apoyó con sus curaciones y estramonios. La noche caía de bruces y él supo que podría extender su universo y sonrío. Por unos segundos la observó y sintió una jaqueca que le perforó el cerebro y un dolor de oído extremo.
Cuando llegó a Lima sentía una migraña ensordecedora que lo empujó a visitar a un par de médicos. Seres que nunca pensó indispensables, sin embargo, allí estaba esperándolos. Se hizo un par de análisis y después de comprar sus medicamentos se retiró a descansar. Sabía que en un lugar tan alejado de la amazonia, jamás llegaría ni por un ápice a ser descubierto. Así que dio por sentado y hecho que era dueño de todo. Y así pasaron los días y ninguna noticia, hasta que lo llamaron y le avisaron que su esposa había fallecido a causa del disparo perdido de un cazador.
De repente, un halo helado golpeó su cuerpo y se estremeció, estaba sudando frío. Así que inmediatamente llamó al hospital. Al abrir los ojos le avisaron que acababan de hacerle una operación de emergencia, que había tenido un tipo de parásito similar al tamaño de la pulga dentro de su oído. Él sintió alivio y preguntó si podrían darle de alta en el hospital, ya que tenía que viajar prontamente al extranjero. El doctor le dijo que llevaba tres días inconsciente y que habían hecho algunos estudios sobre el insecto y que era hembra. Y que dicho parásito se reproducía cada doce horas y que daba alrededor de cincuenta huevos.
A la semana, se escuchaban los ritos finales, todos se aglomeraron alrededor de la encomienda, abrieron la caja y allí estaba la cabeza, la mantuvieron sumergida en el agua durante 15 minutos ya que si lo pusieran más tiempo pudiera ablandarse demasiado. La sacaron del agua y ya era la mitad del tamaño original. Rasparon la piel por dentro para sacar los últimos restos de carne y cosieron boca y ojos. Y lo pusieron en exhibición como trofeo. **
Por otro lado, dice la historia de los jíbaros que los bien amados son llevados al pie del cielo, y para ello deben subir muy alto para dejar sus restos como ofrenda. Los brujos soplan sobre la figura para enfriar el cuerpo, para darle nuevamente la vida y extender sus restos sobre la tierra. Y así ella fue llevada entre cantos y furias por el altar de los dioses emergentes del alma.


* Los shuar (también llamados jíbaros) son el pueblo amazónico más numeroso. Habitan entre las selvas del Ecuador y Perú. Los conquistadores españoles les dieron el nombre de jíbaros.
** Los jíbaros cuando ganaban una batalla reducían las  cabezas de sus enemigos.




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14.7.11

SIGILO

"La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado,
sino precisamente, porque la quiso.”   Milan Kundera (El libro de la risa y el olvido)


Este texto está dedicado a
mis amigos
Diana, Gabriela, Julio, Morgana,
Estrella, Emma, María Luisa,
Yure Guillén y Gargola.


Le pegaron casi hasta matarlo, cada golpe era el recuerdo de cada calle, avenida, esquina donde él la beso. Cada recuerdo era un dolor más, sobre su cuerpo macerado de un alma partida en dos. Un alma que se había vuelto una contradicción y que gritaba delirante ante la locura. Al voltearse se encontró cercado y supo en ese instante que no había salida.

Se sentía el intenso aroma desde la vereda. A pesar del vaho penetrante de la calle, podía atisbar la piel que se deslizaba a través de la ventana, entre los barrotes oxidados y los vidrios sucios. A oscuras, la casa brindaba el silencio de esos viejos solares resquebrajados por el tiempo. Ese recuerdo de algo que jamás podría quitar de su memoria. Atravesó el corredor que daba al vértice de la calle, sin quitar los ojos de la ventana, esperando cualquier indicio de existencia. Encendió un cigarrillo ante el desvelo de esa noche y se acopló al grupo de la tienda, esperando un vistazo desde la abertura del segundo piso.

La reja entreabierta daba una invitación al solar, las luces revoloteaban desde el fondo; inquietándolo a penetrar directamente por los estrechos pasadizos que daban al apartamento. Pero sabía que si entraba se perdería, no era fácil deshacerse de ese embrujo extraño que lo estaba atrayendo hace un par de meses. Sabía que era cuestión de tiempo que sus aliados de jolgorio, descubrirían sus entuertos y estaría perpetrado para siempre en la cárcel justiciera de los hombres verticales.

La vio al cruzar la calle de la estación del tren, podría ser casualidad que esa noche saliera tarde de trabajar. Supo que al seguirla cambiaría su rumbo vital. Y ese día sentía hambre de sueños. No era el momento de amilanarse ante los detalles y se lanzó al encuentro de ella, sin saber a dónde iba ni por qué. Se encontraban en la misma línea del tren, a lo lejos la máquina venía y pudo oler su agitación al sentir la velocidad que raspaba su halo cercano y escudriñar cada cabello ante la fuerza de la máquina.

Respiraba de tal modo que sus pechos se elevaban ante la mirada de cualquier hombre que estuviese cerca, no importaba a que estipendio pertenecieran, unos eran por deseo y otros por escarnio encubierto. Pero estaban examinándola siempre por ese ángulo externo del ojo.  Podía haber sido ese día, cuando se quedó clavado en un punto que se estiró hasta ser una sonrisa; al levantar la vista se encontró con unos ojos que se achinaron sutilmente al encontrarse con los suyos. Volteó el rostro de tal modo que pudiera soslayar sin ser sorprendido. De vez en cuando despegaba la vista del diario para captar cada acción desarrollada por ella. Al llegar al paradero final, él se acercó, cuando de manera repentina ella giró y le pidió su diario. Él se quedó en estado catatónico, ella se lo arrebató y revisó la parte C; levantó  las cejas y se arrojó encima de él con tal fuerza que lo hizo trastabillar y despertar de su letargo. Ella lo cogió del brazo y lo llevó casi a jalones por las escaleras que daban a la calle.  El vaho del viento les congelaba el rostro, de tal manera que parecía impulsarlos uno contra el otro al avanzar cada paso. Sin hablar se refugiaron en un cafecito oscuro. Nadie lo había avasallado de tal manera; extraviado  por el aroma de una mujer desconocida.

Se sentó en un banco, que le dejase ver directamente la ventana, esperando que ella saliera a otear por el marco de la vidriera, pero no salió. La pregunta era que esperaba realmente al verla en ese momento. No podía hablar con nadie al respecto. Qué podrían entender de sus deseos más perpetuos.  Un  golpe de oreja lo hizo voltear hacia atrás: “¿Qué miras con tanta insistencia, no sabes que allí vive la Lilít?”, no lo negó, sólo cambio el rumbo de su mirada y empezó una conversación sobre nada y todo lo necesario para reirse un buen rato sin motivo alguno. No era casualidad ese momento, todos juntos en la misma ciudad. Una ciudad expectante, marcada por el recuerdo de los que quieren olvidar, y el frío te destroza el alma, te marchita el corazón y te endurece. Pero Lilít  mostraba esas carcajadas crujientes nunca impostoras. Él supo desde esa tarde que la vio subir al tren que quedaría atrapado en su memoria. Cuando ellos por fin decidieron partir, el dobló la cuadra; un par de bromas, un cigarrillo por allá y un hasta mañana. Cuando ya estaba a media hora de la despedida, regresó por la espalda del solar y subió por la escalera de atrás, trepando por el alfeízar  apoyandose en la cornisa.

Hasta que sintió una mano que lo jalaba hacia adentro, al penetrar a la habitación sintió su aroma que flotaba en el ambiente que lo rodeaba paralelo a un efluvio incandescente. Sintió el temblor ante la humedad de su cuerpo, quería morder la pared para no tocarla, podía escuchar sus latidos rozando su pecho, frotándose, cerró lo ojos para aspirar la humedad de sus labios y sus manos delinearon su cuerpo, dónde su risa estalló cual rugido invadiéndolo todo. Era innegable que la soledad tiene sus bemoles en lo evidente, no obstante, quería cerrar los ojos y creer lo que quisiera con sólo sentirla. Quería ser transportado a ese efímero contraste entre lo étereo y lo absoluto. Pero eso era imposible, la realidad estaba frente a él; en las risas de sus amigos y ese pensamiento lo absorbía como una inyección letal.
Por eso cada golpe, era recuerdo de cada mirada, una sonrisa abierta, un antojo y una espera frente a la ventana. Sentía morir por la rabia de no poder gritar la ignominia, el desarraigo y incomprensión de sus amigos. La evidencia de ser vulnerable ante lo irreversible. Lo funesto del dolor interno que te embarga hasta la asfixia y ya no sangras. Cuando ellos lo cercaron sabía que algo iba ocurrir; esas risas maliciosas, sus manos y el hedor que desprendían cada uno de ellos. Podía ver su cuerpo desde arriba, insoportable y apestado por otros, inerte como cuando ella se le avalanzó por primera vez a los brazos, cuando se reía a carcajadas y descubrió que eran lo mismo y se amaron.
Cerró los ojos y no supo más.




Asimismo le dejo también un premio a su talento
Diana,Julio,Gabriela, Emma, Estrella, MaríaLuisa (mamamia),
Merché M, Yurena G, Morgana, Gargola.

Gracias a mis amigos que me apoyaron apenas entré a la red, 
y a mi nueva amiga Merché Marín (por darme el blog de Oro).
Y a mis amigos de la red que fueron a la presentación: David Cotos, Fanny Jem, Ludobit, Pierrot, abatido por las estrellas y Esteban Boz. Gracias por acompañarme esa noche
Les dejo un premio a mi estilo :) muy personal.
Hay tanta gente maravillosa, besos
Esto es para ustedes, les doy dos modelos para que se lleven el que más les gusta :)

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6.7.11

Agorafobia


Nunca supo que decir a los demás. La desconfianza se convirtió en desesperación y eso fue minando su espíritu que se volvió en una sarta de odio y rencor.  Ignorando la crueldad floreció con amargura  que acabó convirtiéndolo en lo que más repudió.
A lo lejos escuchaba el sonido de las embarcaciones que cruzaban bordeando la bahía, podía recrearlas en su mente una y otra vez como móviles espectros. Percibir el rojo que brotaba del cielo, lo empujaba a retirarse lánguido ante la luz. Sin embargo, juntos podíamos penetrar entre las oscuridades y  acercarnos a través de la ventana para ver una y otra vez los barcos alejarse.
Permanecía impasible ante la ventana, ajeno al ruido de su alrededor. Y casi con sigilo me acercaba a su lado, para decirle que podía salir al muelle a ver el mar. Por momentos, creía que era sordo porque no respondía a nada de mis preguntas. Solos hasta oscurecer veíamos caer la tarde por la ventana. Así fueron los días, meses y años. Las cartas dejaron de llegar y sólo el mensajero de vez en cuando llegaba con algún recado. Hasta que vio algo en el paisaje que lo incitó a ir hacia la puerta. Cuando llegó, se quedó inmóvil, estupefacto, se inclinó y se fue resbalando por la orilla de la puerta tratando de llegar al pasadizo, “vamos avanza” le gritaba. El estaba entre la puerta y el pasadizo, impávido casi catatónico “no puedo” decía. “¿Me oyes, me oyes no es cierto?” le grité más fuerte. El comenzó a golpearse la cabeza con las manos, “cállate, no debo escucharte más”. Y se quedó sentado al pie de la puerta, viendo ondularse los pasadizos, hasta  sentir el infinito miedo de salir de ahí.


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30.6.11

Altura


Peña alta al borde del abismo, donde miles de cruces asoman, puedo atisbar el horizonte más lejano que da directo a un peñasco cerca de la cresta de la nada.

Me tracé por años la meta de treparla, por ello viajé a Cantabria para poder concebir el nacimiento de los montes emergentes más etéreos que podría concebir mente humana. Por ello, cuando llegó el momento del bendito viaje. Asumí que todo lo esperado estaba a punto de comenzar,  la aventura de mi vida. Todo fue hecho con mucho sigilo, incluso las recomendaciones del doctor fueron realizadas. Las expectativas de este viaje eran tremendas y cada día era una gran espera. Las voces revoloteaban alrededor, la familia presurosa que llevara cámara, agua, todo lo necesario. Estaba tan cansada con el ajetreo que mi marido se ocupó de ciertas banalidades, como mi equipaje y que cada cosa debería estar en su lugar.

Cuando partí me sentí como una niña que se aleja por primera vez, a pesar de tener a mi lado alguien incondicional que calladamente soportaba mi gran temperamento. Me dio un fuerte abrazo y me recordó cada minucia del viaje y que el mapa estaba dentro de mi vieja chaqueta beige.  Lo único que no confiaría a nadie: trazar caminos. Como buena escaladora controlaba mis rutas y trazaba con colores específicos mis márgenes algo que no podría hacerlo en absoluto nadie, menos mi esposo que era bueno pero de ninguna manera inteligente.

Subir, subir y subir con el aire golpeándote el rostro, podía sentir la adrenalina que recorría todo mi cuerpo llenándome de excitación y empuje. Me sentía dichosa al bordear esos abismos como si retara al mismo diablo. Crucé por horas los montes. Sin embargo noté dobleces de ruta. Que no deberían existir según lo planificado, ya que tenía que llegar antes de oscurecer al primer peñasco. Busqué mi mapa y allí estaba, no los recordaba pero si estaban puntuales dentro del papel. Así que seguí cuesta arriba. Se hacía más tarde y se torcía el horizonte por la ondulación del cerro. Sentí sed y abrí mi segunda botella pero la sentí agria hasta medio rancia. Pensé que era mi boca seca que tenía un gran amargor. El sol le cayó de lleno al mapa y pude ver unas breves letras que no conocía y así que saqué mi lupa y pude leer “copia fiel del original” mire de cerca mis marcas y descubrí que los matices no pertenecían a mis plumas.
Sentí mareos y cansancio, incluso algo de temor. Mi cuerpo me vencía y  únicamente podía pensar que no era posible. “¿En qué momento lo planeó?”. Sabía que estaba perdida; que había bordeado la peña pero del lado reverso, a la nada. Donde hay un precipicio y miles de rocas me abrazarían. Mi cabeza estallaba, estaba a punto de explotar. “Sólo tuvo una hora” pensé.

Nunca noté que era tan listo, lo hubiera amado tanto.






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25.6.11

Laberinto


Dime Fuentes ¿Adónde tengo que correr? Miró alrededor, todo está oscuro. Al norte, en la llanura, casi respiro la evasión de la condena. Las bifurcaciones de la ruta son ambiguas e inciertas, podía resbalarme en cada una de las quebradas que asomaban y sabía que para llegar al llano tenía que cruzar infinidad de sortilegios que se avecinaban en cada paso.

La inflamación de su cuerpo se había tornado en una variedad de grises insolentes. Rasgaban el camino como una línea de lápiz mal tallada. Las pisadas se confundían con hileras inestables y  variadas de fórmulas amorfas, casi cuadriculadas.
A lo lejos, el monte es un papel arrugado. Sugiere una guirnalda violácea. Impulsándole a trasgredir zonas prohibidas. Una cantera al sur y una red de túneles subterráneos debía cruzar para llegar al otro lado. La sombra es casi un perfil, se asemeja a un rostro. ¿Acaso no te sientes observado Fuentes? Cruzo los ríos de café que manchan este trayecto. Posiblemente pueda seguir las rondas de este trazo y alcanzar la explanada. Arriba se ven nubes desgajadas como techos viejos.
Grito a pulmón y maldiciente me sonríe,  un azul orillado se plasma en los blancos ¿podrían ser cualquier cosa o alguna salida oculta? Dime Fuentes ¿Cuántas círculos, cuadros, trazos deberé cruzar para encontrar la llanura? Giro, giro, giro y sólo grises plumas bordean mi silueta y me observo en el espejo de sus ojos.  Grito. Perdido entre ambages y locura. Me descubro en el holocausto de plumas y pinceles. Estoy por cruzar la llanura, corro lo más que puedo y más. ¿Oyes la puerta Fuentes? Me alcanza como un tornado sus manos que me aprietan sin escape entre el eco crujiente del papel.

De repente abren la puerta ¿Fuentes que estás haciendo? Nada, sólo garabatos...











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21.6.11

Caleidoscopio

“El mundo tiene un círculo que comienza entre tus piernas.
Y termina en tus ojos.”
Mixha Zizek

a Lila Zemborain, con el cariño de siempre
Ella tenía los ojos más centellantes que podía poseer alguien sobre la tierra. Cambiaban de color según la estación,  eran de esos que te siguen desde el ángulo que los vieras como esos retratos 3D. Cuando la vi subir al autobús, supe que no había nada más extraño que esa mirada. Al llegar a la 179, entré al subway y allí estaba nuevamente a punto de subir a la F. Se sentó a la otra esquina. Y pude adivinar su olor casi a hurtadillas, por entre sus piernas. Bajamos en la 57 y al cruzar la avenida la vi desaparecer entre la gente.

Sus ojos se volvieron mi obsesión. Esperaba a que llegara  y subiera al bus para después entrar al tren; incluso un día demoró tanto, que llegué tarde a trabajar. El verla formó parte de mi quehacer diario: el esperarla y dejarla partir sin hablarle. Comencé a conocer cada vestido, zapatos, lunares o leves estrías que tenía en su cuerpo. Con sólo verla podía intuir si estaba de buen humor o de mal ánimo.

Esos ojos me persiguieron por dos años, hasta que decidí que era suficiente y pensé que lo mejor era cambiar de rutina, algo que me hiciera olvidarla. Pero me fue imposible, hasta que por fin pude resolverlo. Es por ello, que ahora me siento mucho más tranquila, incluso puedo leer alguna revista para no aburrirme en la ruta. Cuando me entra la nostalgia,  voy a mi cuarto, abro el último cajón de mi viejo armario,  y veo sus ojos que me miran imponentes desde el fondo de una cajita de jabón.

(y sigo usando el elemento ocular  :)   







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