18.3.12

Vacuidad

Los extremos son variantes de nuestras posiciones y se unifican a veces sin querer.  m.z

Las ventanas son los ojos de la ciudad parecen tablones doblados al cruzar. Lima guarda espacios entre las calles, desgastadas que se agrietan entre los zapatos.  La oscuridad al amanecer se sumerge intrépida asustada como la doblez de tu boca cuando sonríes. Las cuadras te han cogido irremediablemente a solas, te han dejado pensar en recuerdos que acabas de sepultar en la irreverente suciedad de la plaza y escuchas las mentiras. Son casi gomas cuajadas en sintonía en tu lengua.


El aire crece caliente en este verano ácido extravagante, caíste y viste claramente todo lo que querías ver.  El puente se hacía cada vez más largo entre tus piernas, no era fácil doblegar al universo entre las mareas de manera automática casi imposible, podrías converger en un sistema que alumbrara tu corazón al revés.
Las calles te inundaban el cuerpo cual métales y raspaban el hielo que caía entre tus caderas, oscilantes tímidas. Vagamente sonreíste. Regresaste al mismo lugar y te sentaste a tomar un pisco doble, te sacaste las mil máscaras mientras te desgranabas cada pedazo de tu piel. Las mesas sonreían y tú seguías en el mismo lugar. Eras una boca rota estancada en plena ciudad, sin voz. Callada sin nada que explicar. Rozando las sábanas de cada silla estancada frente a ti, ibas disparando una a una mientras tecleabas  velozmente. Ellos no sabían que estaban muertos, tú los sepultabas y ellos seguían sonrientes. Arremetías con fuerza en las esquinas, rompiendo candados violando nombres figuras sistemas. Ellos sólo te miraban.
Te paraste perpleja, cerraste los ojos, volviste a reiniciar las imágenes, los cuerpos falsos, las mentiras, las cruces en el aire, sonó el timbre acabó tu tiempo en la cabina, tenías que marcharte afuera, camino a tu casa como todos los días de tu vida.

28.11.11

Usurpación

Emerson tira la bola y emerge de sus manos un centauro. Él sabe que nadie le va creer. En ese lugar todo es sombra y nadie hace ningún intento por detenerlo.
De repente recibe una llamada, al colgar no recuerda quién ha sido. Percibe que el sentido de la especie es la preservación, no obstante sigue tirando la bola una y otra vez.
La bola gira en imponentes latitudes, cae con profundidad hasta el vaho del responso y se unifica mil veces para regresar a sus manos otra vez. Recibe otra llamada y al escucharla reconoce la voz pero al terminar de hablar nuevamente la olvida. Quiere recordar de quién son las llamadas y las cartas. Cierra las ventanas porque supone que lo observan desde fuera pero no está seguro. Sabe de la existencia del otro pero no descifra como detenerlo. Se impulsa nuevamente a lanzar la bola más arriba y crece de sus manos otro centauro.
La lluvia golpea las ventanas y una voz finita se escucha entre las escaleras del piso de abajo, muy tenue,  vuelve a sonar el teléfono.  Obsesionado por detener las llamadas, busca la insignia que emerge del centauro cada vez que tira la bola. Las voces se escuchan cada vez más cercanas y filudas. Mira los paquetes apiñados cerca al televisor y decide abrirlos.
Suena el teléfono, lanza la bola, gritan las voces e irrumpe la policía en la casa. Emerson levanta los ojos se mira al espejo y sólo ve al centauro.



11.10.11

Sincronía muerta



Para Luna, siempre
donde estés me estás leyendo...

 Caíste como un tamiz disuelto en agua, frágil caíste entre las brumas de la tarde. Donde te esperaba para cubrirte. Caíste muda ante el antojo del sueño, fría con los ojos abiertos. Caíste herida de sombras, desasosiego entre promesas y mentiras, caíste hija caíste. Te mezclaste entre la sangre  bermeja y llena aspiraste el éter de mis pulmones. Sacaste la cabeza para respirar, luchaste ante la memoria y contra la muerte. Caíste como mojón lleno de dulzura entre mis calzones.
Octubre perdido entre las sombras, ante  llamadas malicientes ,  caíste ante fantasmas que no comprendían tus pelillos rojos. Muda caíste sin retorno al ombligo. Caíste llena de zozobra y fisura. Caíste plena ante mis pechos llenos que pendían del hilo de tus labios. Caíste, caíste y volviste a caer. Yo sólo me paré del tren te cogí entre mis brazos y eché a correr.